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Sonia Sotomayor

Una sabia decision

Sonia Sotomayor
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Los editores de El Diario La Prensa nos ofrecen la cobertura más completa de la histórica ascensión de la primera latina a la Corte Suprema
 
En agosto de 2009, Sonia Sotomayor se convirtió en la primera mujer latina en llegar a lo más alto del sistema judicial norteamericano —Sonia Sotomayor: una sabia decisión relata cómo llegó hasta ahí. Criada por una tenaz madre viuda, desde muy joven Sonia sabía que quería ser abogada, pasando las tardes leyendo las novelas de Nancy Drew y ojeando la Enciclopedia Británica. Más adelante conocemos a la Sonia licenciada por las universidades de Princeton y Yale, la juez de distrito (la que “salvó el béisbol”) y la que, finalmente, se defendió del senador Jeff Sessions y de la Asociación Nacional del Rifle en las audiencias de confirmación en las que se convirtió en la 111 Juez de la Corte Suprema. Pero al final, Sonia Sotomayor: una sabia decisión trata tanto sobre una “sabia latina” como de todos nosotros; de lo que significa ser latino en los Estados Unidos.


From the Trade Paperback edition.
Knopf Doubleday Publishing Group; June 2010
240 pages; ISBN 9780307742445
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Excerpt
Los Sotomayor crean una familia en EE.UU.

Muchos venimos de otra parte. Y a veces, nunca retornamos a esa otra parte. La pobreza, la guerra, van sembrando de tumbas las tierras de origen, que rápidamente se transmutan en fosas comunes de viviendas desamparadas. La búsqueda de nuevos horizontes adquiere múltiples urgencias. En ocasiones, no hay pobreza, no hay guerra, pero existe una profunda injusticia: las leyes se acatan, pero no se cumplen, y la arbitrariedad se convierte en norma. Sin raíces, muchos deambulan tratando de conquistar una nueva identidad. En el mejor de los casos, la familia y los amigos quedan anclados en la tierra de origen, como un hito, como el destino que el emigrado intenta eludir. Pero inclusive si las distancias son cortas, hay

un oceáno constituido por experiencias diferentes, por distintas redes sociales, y en ocasiones, por otro idioma. (Según Franz Kafka, un muchacho judío que decía "mame" a su madre, nunca podía creer que fuese la misma madre que un ciudadano alemán llamaba "mutter").

La familia de Sonia Sotomayor también viene de otra parte: Puerto Rico. En su caso, la mudanza a Estados Unidos tuvo la primera de las causas antes enunciadas: la pobreza. Es una pobreza que se remonta al primer día de la creación, una pobreza que todavía hoy resulta difícil de entender. Una pobreza monda y lironda como un hueso, y por lo tanto escondida, despojada de toda miseria. (Los ricos, decía Jorge Luís Borges, pueden entender la miseria, pero nunca la pobreza. Pues la miseria es pedigüeña, en tanto la pobreza se enorgullece de ser tan honrada como un gentilhombre español).

El padre de Sonia, Juan Sotomayor, nació en 1921, en Santurce, y su madre, Celina Báez, nació en 1927 en Santa Rosa, Lajas, un área rural de la costa suroeste de Puerto Rico. Ambos lucían la pobreza como si fuera una segunda piel. Y ambos sabían que tenían apenas dos alternativas frente a esa digna pobreza: o los mataba o los hacía más fuertes.

Poco se sabe del padre, que murió muy joven, cuando tenía apenas cuarenta y dos años. Y su tenue presencia está acentuada por el hecho de que en el cementerio de Lajas, donde fue enterrado, su tumba todavía carece de nombre.

Hay una foto donde el padre aparece junto a su esposa, Celina Báez. Él sostiene con su mano izquierda el brazo izquierdo de Sonia Sotomayor, en esa época una bebita que parece confusa, distraída. (Es bueno creer en esas fotos de bebés, pues reflejan distintas emociones en una época en que todavía no han aprendido la astucia). En la foto, Juan Sotomayor tiene el aspecto de un hombre robusto, amable, elegante, tal vez un poco tímido. Pero quien se roba la foto es la madre. O mejor dicho, los inolvidables ojos de Celina Báez se encargan de robarse la foto. Los ojos de Celina Báez, una bella y apasionada mujer, esos ojos que Sonia heredó como su mayor atributo, observan al ojo de la cámara con franqueza y desafío. Nadie puede dudar de la honestidad, de la imperiosa energía de esa mujer que luce esos ojos.

Ahora de ochenta y dos años, lúcida, enérgica, siempre dispuesta a ayudar, orgullosa de sus humildes orígenes, y de la manera en que logró remontar sus dificultades hasta graduarse de enfermera y conseguir que sus hijos, Sonia y Juan, obtuvieran títulos universitarios, Celina Báez traza una ?genea?logía de luchas inacabables.

Según contó Celina Báez a sus amigos, cuando era alumna de escuela primaria, ella y sus cuatro hermanos debían compartir un solo lápiz. Sus padres guardaban religiosamente el lápiz una vez que los niños concluían sus tareas escolares, y volvían a entregarlo ceremoniosamente, para las tareas del día siguiente. Celina Báez descubrió que su mente era el mejor archivo de recuerdos. Y por eso memorizaba sus lecciones imaginando que podía enseñarlas a los árboles que crecían en el patio de su modesta vivienda. Cada árbol recibía el nombre de un pupilo, y Celina Báez iba dictando sus recién adquiridos conocimientos con un palo que usaba como puntero. Tal como recordó muchos años después su hija Sonia, para la época en que sus padres decidieron buscar nuevos horizontes en Estados Unidos, el ingreso per cápita en Puerto Rico era de 200 dólares, menos de una cuarta parte del registrado en el estado más pobre de Estados Unidos, en tanto que la tasa de analfabetismo ascendía al 61 por ciento.

Cuando Celina Báez tenía nueve años, su madre falleció. (Sonia repetiría en parte ese destino cuando falleció su padre. Ella tenía también nueve años en el momento de esa pérdida). Poco después, el padre de Celina abandonó la familia y ésta fue criada por su hermana mayor, Aurora, en San Germán, Puerto Rico.

Y antes, como ahora, el ejército fue la tabla de salvación de los pobres. En 1944, cuando tenía diecisiete años, Celina ingresó al servicio militar de Estados Unidos, y llegó a Georgia. Para ella era lo mismo que si hubiera llegado a Marte. Sabía tal vez media docena de palabras en inglés. Ignoraba la existencia de los teléfonos. En ese nuevo planeta, Celina Báez plantó bandera y nunca retrocedió, ni siquiera para tomar impulso.

Poco después de ser dada de baja, Celina se casó con Juan Luis Sotomayor, un obrero metalúrgico. Pasó casi una década antes que naciera Sonia, en 1954. A ella le siguió Juan, tres años más tarde.

En los primeros años de matrimonio, Celina Báez logró dar las equivalencias y graduarse en el colegio secundario James Monroe, en El Bronx, consiguiendo empleo posteriormente en el Prospect Hospital, un pequeño nosocomio en el sur de El Bronx donde permaneció durante treinta y cinco años. La mujer que ni siquiera conocía el inglés o la existencia de los telé?fonos al llegar a Estados Unidos, comenzó trabajando como telefonista. Y con el aliento del dueño del nosocomio, logró graduarse de enfermera.

La muerte de Juan Sotomayor de un ataque al corazón, a los cuarenta y dos años dejó a Celina Báez al timón de su familia. No había mucho tiempo para la aflicción o la autocompasión. (Hay una foto de Sonia, tomada aproximadamente por ese tiempo. Se trata de una niña que combina la robustez con la fragilidad. Sonríe con la boca, pero su mirada no puede disimular la tristeza). Celina Báez luchó para que sus hijos continuasen sus estudios en escuelas católicas, y se las

agenció para ahorrar de su magro sueldo a fin de comprar la Encyclopaedia Britannica, la única que había en todo el proyecto de viviendas de Bronxdale Houses.

"Mi hermano y yo copiamos de esos libros muchos de nuestros informes escolares, y puedo recordar la enorme carga financiera que la compra (de la enciclopedia) representó para mi madre", dijo Sonia Sotomayor en 1998.

La vida en los proyectos edilicios de Bronxdale Houses, a lo largo del Bruckner Boulevard, en el condado de Queens, no era fácil. Sin embargo, en la década delos cincuenta resultaba mucho más promisoria que medio siglo más tarde. Como señaló The New York Times, esos complejos de edificios "encapsulaban la promesa de Nueva York". Las torres "representaban para la clase obrera un codiciado antídoto frente a algunos invivibles espacios residenciales en la ciudad". No se trataba de esos projects (complejo de viviendas subvencionadas) con "ascensores apestosos que no funcionaban, o de cubos de escaleras controlados por pandillas donde se vendían drogas". Pues en las décadas de los cuarenta, cincuenta y sesenta, cuando se construyeron la mayoría de las viviendas públicas de la ciudad, "un sentido de orgullo y de comunidad era evidente en los bien conservados corredores, en los apartamentos y en los jardines. Lejos de ser peligrosos, esos proyectos eran considerados como un entorno educativo"1.

El lado latino de la identidad de Sonia le enseñó también a ubicar su drama en contexto. Su primera década de vida la ayudó a forjar su temple. A los ocho años, Sonia fue diagnosticada con diabetes Tipo 1, y debió comenzar a recibir inyecciones diarias de insulina. ¿Cómo reacciona un niño ante la cotidiana mortificación de recibir inyecciones? ¿Cuál es su experiencia frente a compañeros de escuela en un ambiente extraño, y no precisamente amigable? Pues los niños pueden ser muy crueles con el diferente. Especialmente un diferente con problemas de salud que continúa aferrado al idioma de su tierra natal. Sonia hablaba con más fluidez el castellano que el inglés, pues su padre, el obrero Juan Luis Sotomayor, con apenas tres años de educación primaria, sólo dialogaba en español. Cuando el padre falleció de complicaciones cardíacas, el mundo de Sonia sufrió otra devastadora conmoción*. Sonia reaccionó hacia adentro y hacia afuera: se retrajo en las lecturas, y amplió su horizonte con el inglés. Fue entonces que descubrió a la niña detective Nancy Drew, y quiso ser como ella. Y allí surgió un nuevo obstáculo. La diabetes que comenzó a afligirla a mediados de la década de los sesenta necesitaba tratamientos y precauciones, algunos de los cuales han sido soslayados en esta primera década del siglo xxi. Paul Robertson, directivo de la Asociación de Diabetes de Estados Unidos, recordó que hace algunas décadas, trabajos como camionero, cirujano y piloto, así como otros empleos estimados de alto riesgo, estaban fuera de límites para diabéticos que necesitan inyecciones diarias de insulina, pues éstos pueden perder de manera temporal la conciencia de su entorno si se reduce drásticamente el contenido de azúcar en la sangre. "Pero, en la actualidad", añadió Robertson, "No conozco empleo alguno" para el que un diabético sea excluido debido a su condición2.

Por unos momentos, avanzaremos medio siglo en la narración. Durante las audiencias de confirmación en el Senado, se pensó que la diabetes de Sotomayor podría ser un factor capaz de afectar sus posibilidades, en particular sus expectativas de vida. Pero esas dudas quedaron rápidamente despejadas.

"Es grato tener una diabética en la Corte Suprema", dijo a la cadena de televisión CNN el doctor Richard K. Bernstein, especialista en diabetes a quien se diagnosticó con la enfermedad cuando tenía doce años. Bernstein es un ejemplo de que los diabéticos viven largos y productivos años. El cumplió 75 años en el 2009. Y Ron Gebhardtsbauer, actuario judicial en la Escuela de Administración de Empresas Smeal, en la Universidad del Estado de Pensilvania, señaló que las expectativas de vida de una mujer de 54 años en el 2009 era de 86,2 años.

Robertson dijo que lo importante "es la forma en que una persona se cuida a sí misma cuando tiene diabetes Tipo 1". Y eso "no requiere conocer tecnología especial". Y Sonia Sotomayor sabe cómo cuidarse. Rudy Aragón, un abogado de Miami, Florida, que estudió con Sotomayor en la Facultad de Derecho de Yale dijo que ella analizaba "con fervor religioso" sus niveles de azúcar en la sangre.

Pero la niña Sonia Sotomayor no podía anticipar lo que le deparaba el futuro. Sólo conocía un presente plagado de frustraciones. Y cuando su sueño de ser una detective como Nancy Drew fue archivado con la aparición de la diabetes, otro sueño lo reemplazó. Un día, observando un episodio de la serie de televisión Perry Mason, Sonia escuchó al fiscal asegurar que no le preocupaba perder un caso si el acusado resultaba ser inocente, pues su trabajo era lograr que se hiciera justicia. "Pensé que ese era un trabajo maravilloso", dijo Sotomayor a The New York Times. "Y luego, hice un salto cuántico: si ese era el trabajo del fiscal, entonces la persona que adoptaba la decisión de desechar el caso era el juez. Y eso es lo que quería ser"3.

La vocación estaba decidida. En 1998, declaró a Greg B. Smith, de The Daily News: "Cuando tenía diez años decidí que iba a estudiar en la universidad, y que me recibiría de abogada. Eso cuando tenía diez años. Y no lo decía en broma".


From the Trade Paperback edition.
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030774244X
9780307739995
9780307742445